Un recuerdo en papel de regalo
Por Moisés Avila Roldán

El sol resbala anaranjado sobre un pedazo de cielo gris y contaminado. Cubre los edificios pequeños de techos inconclusos, mientras el aire se llena por ratos del aroma a pescado hervido que llega de la fábrica de conservas que está calle abajo. Hoy deben irse todos a las cinco. Antes de pasar a su casa, algunos irán a beber unas cervezas con los amigos del trabajo. Algo breve, nomás, porque la familia espera. Hoy es Navidad.

Desde mi ventana -en el cuarto y último piso de un edificio color verde agua- escucho los silbidos de los vecinos que se saludan, se pasan la voz, se llaman de lejos. Visten shorts y polos, aunque algunos prescinden de esto último. Las chicas andan en sandalias y vestidos cortos. Algunas vienen llegando de la playa, y viajaron una hora en el micro de regreso, con los pies llenos de arena y un bronceado aceptable que lucirán en el escote de Nochebuena.
Mi calle en el Rímac es (era) así, como la quiero recordar hoy: informal y cariñosa. Al menos así sucedía los 24 de diciembre durante los años 80. En las casas de mis amigos no había mesas enormes y ornamentadas como en las revistas, ni banquetes descomunales. Cada uno preparaba su cena como le daba la gana, y si no había para el pavo, pues un pollo a la brasa se disfrutaba más con una numerosa familia sentada alrededor de una gran mesa cubierta con mantel de plástico, y pasándose de un extremo a otro de la mesa la ensalada, la mayonesa y la mostaza. Las carencias podían ser de comida pero no de cariño. Cariño había hasta para prestarle a la siguiente cuadra.

Creo que todo empezaba después del mediodía: se respiraba fiesta, olor a almuerzo recién hecho, a familia, a festejo, a bulla de esquina y a alegría. A pólvora de cohetecillos reventados y de castillos de luces. En mi calle, la Navidad se espera(ba) con música que sale desde las radios de las casas que tienen las puertas abiertas para amainar el calor, aunque el viento que ingrese por ratos sólo sea lento y tibio. Hay villancicos en cassettes de los Niños Cantores de Huaraz, el Burrito Sabanero y un I want to wish you a Merry Christmas, from the bottom of my heart de José Feliciano que en cualquier momento se queda afónico de tanta repetición.
Pero lo que suena con más fuerza es la salsa: Lavoe y todas las estrellas de la Fania, el Gran Combo, Rubén Blades y la Ponceña retumban en los parlantes de los vecinos, con un locutor que los anuncia con voz de caribeño alegre. El Rímac, uno de los distritos más antiguos de Lima, es también uno de los más populares y su población creció ocupando los cerros que lo rodean. El nombre se lo da el río que es además la frontera natural con el centro de la capital. Durante la colonia fue primero el lugar a donde enviaban a los leprosos y, luego, por su lejanía de la ciudad, se convirtió en la zona en que los acaudalados construían sus casas de veraneo. También fue escenario de demostraciones de amor con solemnes edificaciones. Después volvió a llenarse de gente de todos lados. Luego, fue mi barrio.

Mientras avanza la tarde, antes de que las luces de colores empiecen a encenderse en las ventanas de las casas y edificios de mi calle, llegan a la tienda del ‘Chino’ Lucho – quien en realidad se llama Luy Fuk Yu y, como sucede con la tienda de los chinos, está ubicada efectivamente en la esquina- para comprar fósforos, cigarros y cerveza, que se vende en botellas de 620 ml. y que los amigos comparten en un solo vaso, que se rota conforme le toque servirse a cada uno.
Desde pequeño, uno aprende la técnica de beber cerveza con los amigos: si tu vaso quedó con residuos de espuma, debes sacudirlo hacia el piso hasta que quede limpio y entregarlo al compañero. Si la botella llega a tus manos con poco contenido, debes servírtelo todo y no dejarle ‘miserias’ al que sigue. Si la botella de cerveza se terminó en tus manos y ya no hay más ‘pomos’ llenos para seguir sirviendo, te toca a ti ir a comprar las siguientes, porque “quien la seca, la llena”. Además, jamás se debe colocar el vaso cubriendo la boca de la botella, a manera de tapa. Eso es señal de desprecio y no se acepta.
En el barrio uno aprende viendo y haciendo. No importa si eres popular o aquel que sólo mira las cosas desde la ventana, como yo hasta los 8 años, cuando por primera vez me dieron permiso para bajar a jugar fútbol con los chicos de la cuadra, con la mirada atenta de toda mi familia desde el cuarto piso. Jugaba y juego muy mal, pero sí que me divertía. Las reglas simples, como beber cerveza en grupo, que podrían sonar desagradables y antihigiénicas para algunos, ahora me producen un poquito de nostalgia. Hoy tomo de mi propia botella, en mi propio vaso, pero sin los amigos con los que crecí y con los que compartí mis primeros regalos. Cuando empieza a oscurecer, uno a uno, los bebedores van desertando de la tertulia –con la promesa de volver- y acompañan a su esposa, mamá o abuelita a la panadería, donde llevan a hornear el pavo que previamente sazonaron en casa y marinaron de un día para otro (al día siguiente, todos los panes tienen olor a pavo horneado, pero esa es otra historia). Otros van a misa y algunos ya empiezan a sufrir los efectos del alcohol y son retirados en calidad de estropajo por sus indignadas familias. Pero todos la están pasando bien.

Los minutos previos a Nochebuena vienen con silenciador. La tienda de la esquina se quedó sin borrachos, en las casas las puertas se cerraron y los televisores con la programación navideña funcionan con el volumen bajo. Sólo se escucha el parpadeo de las luces de las ventanas. A las 00:00, la noche recupera la voz, y las muestras de afecto traspasan las paredes. Los abrazos son constantes y efusivos. Los cohetes empiezan a reventar en los pasillos de los edificios y otros salen disparados a iluminar el cielo. Recién allí la cena se sirve-no antes- y todos se sientan a la mesa. La salsa vuelve a sonar en los parlantes de las casas, y de vez en cuando una ambulancia de bomberos retumba por las calles aledañas, alertados porque alguien se quemó los dedos manipulando fuegos artificiales.
Hoy, mi barrio ya no lo es más. No sólo su gente se fue sino que el ambiente cambió. Con el paso de los años la tienda de la esquina desapareció y llego un supermercado que el 24 de diciembre a las 8 de la noche, tiene que cerrar sus puertas con guardias, no porque se termine la atención sino porque la cantidad de gente que entra a comprar triplica su aforo.
Además, beber en la calle se convirtió en una mala costumbre, gracias a algunas nuevas generaciones que creyeron que eso les daba derecho también al disturbio y violencia. El ambiente dejó de ser seguro y el barrio de todos se convirtió en tierra de nadie. Como dirían Les Luthiers, “todo tiempo pasado, fue anterior”, y no pretendo con mis recuerdos hacer apología de lo vivido. Sólo quiero darme la licencia de exponer mis recuerdos tal y como quedaron grabados en mi memoria. Así que, voy a pensar por un momento que sigo en mi ventana, mirando hacia la calle, viendo pasar a mis vecinos. La puerta de mi casa se abre con mi papá trayendo el pavo horneado de la panadería, y mi madre le da los últimos toques a sus tamales en la pequeña cocina del departamento en que crecí. Que esta noche el locutor de la radio, de voz festiva y ‘caribeñizada’, anunciará que la Navidad llegó y que los cohetes empezarán a sonar uno tras otro, silbando e iluminando el cielo. Que esta noche tendré en mi plato un trozo de pechuga de pavo con un poco del juguito del aderezo, ensalada, un tamal, y un trozo de yuca. Sí, también mi taza de chocolate con panetón. “¡Qué cerdo!”, podría exclamar alguien, con justificada razón. Bueno, y qué.
Y, mientras mi hermana y yo nos distraemos, mis padres y mi tía Mery se las arreglaran para colocar fuera de la casa una tina con nuestros regalos. “Vi a alguien de rojo dejando las cosas”, me dijo mi hermana aquella vez. Y, bueno, si ese señor de rojo me visita hoy, lo invitaré a beber cerveza, compartiendo un mismo vaso.
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MOISES AVILA ROLDAN: es peruano, periodista, y dice que escribe mejor con el estómago lleno (a veces puede parecer que no comió nada). Prefiere cocinar a tender la cama. Los diarios Peru.21, El Comercio de Lima, y El Mercurio de Chile lo albergaron por algún tiempo. Hoy es corresponsal de la Agence France Presse en Santiago.
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La niñez guarda imágenes que se quedan pegadas al alma. ¡Gracias!
Tu barrio y el mío. Ahora lejos de ellos los 2, extrañándolos como eran antes. Recuerdo tambien, ponerte la camisita nueva (problabemente la única prenda nueva) escuchando los gritos de las tías “¡cuidadito que malogres la camisa con los cohetes!” Y nuestros viejos que ese día se esmeraban con la propina que gastábamos en el mercado comprando mas sartas de cohetecillos.
Más tarde (algunos años más) los ensayos en el saloncito para la misa de gallo, los intercambios de regalos y la gaseosita en la tienda de Hugo antes de ir para la casa. No sigo, porque seguramente ya te tomarás un tiempo para escribir sobre eso.
Un abrazo muy grande, tan grande como nuestra amistad.