Haciendohora

Crónicas de viajes de aventureros insaciables

Terremoto en Chile: un viaje largo y triste

Por Alejandro Tapia C.

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Un terremoto también puede ser un viaje, un lamentable viaje. Son casi las dos de la madrugada del sábado 27 de febrero. Es el último fin de semana antes del inicio del nuevo año escolar. Y por lo tanto el último de las vacaciones de verano. Me duermo. Cerca de las tres y media comienza a temblar. A diferencia de otras ocasiones, en la que espero tranquilo en la cama a que pase el remezón, esta vez me levanto y corro a la pieza de mi hija. Cuando llego, el movimiento telúrico es intenso y rápido. Cuando intento sacar a mi pequeña de la cuna ya he perdido el equilibrio. Tomo a mi hija de un brazo y corremos hacia la entrada del departamento. Estamos en un tercer piso. Ya nos hemos dado cuenta que estamos ante un terremoto, uno de gran magnitud. Se mueve todo. El ruido es feroz. Está oscuro. Con una mano tengo en brazos a mi hija y con la otra afirmo la puerta de la casa para que no se cierre. Mi vecina está más asustada que nosotros. Ha pasado sólo un minuto, un eterno minuto. El ruido adquiere una dimensión importante y de pronto pienso que nunca dejará de temblar, que el edificio cederá, tal como ocurrió en Haití hace poco. Pierdo el equilibrio nuevamente. Mi hija no llora, pero tiembla. Percibe el temor, el susto y un creciente miedo entre nosotros. Esperamos bajo el marco de la puerta. Intento mantener la calma. Trato de consolarla. Le digo que todo estará bien, que no pasará nada, que sólo la tierra se mueve. La abrazo fuerte, quizás más fuerte que nunca. Han pasado otros 30 segundos. Y de pronto, ya no tiembla más.

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Suena el teléfono. ¿Estás bien?, le pregunto a mi madre. “Sí”. Fue más fuerte que el terremoto del 85, le digo. “Sí”. La comunicación se interrumpe. No logro saber si el resto de la familia está a salvo. Intento llamar por celular. Nada. Luego a través del teléfono fijo. Nada. Lo más terrible en una situación como esta es la incertidumbre, el no saber cómo diablos están tus familiares, tus amigos. Hace rato la luz se cortó. No encuentro ninguna linterna. Obviamente no encenderé una vela. Salgo nuevamente al pasillo. Le pregunto a mi vecino si ellos se encuentran bien. “Sí”, dice. “Estuvo fuerte ¿no?”, comenta. Claro, le digo. ¿Y la vecina de abajo?, pregunto. “Le voy a tocar la puerta”, afirma el vecino. Pero la vecina, que vive sólo con su perro, no responde. Por un momento me la imagino muerta. “El perro tampoco ladra y cuando no ladra es porque no hay nadie”, dice el vecino, con gran seguridad. Ok. Entro a mi departamento. Transito por el living y compruebo cierta destrucción. El estante de las copas se vino abajo, junto con una serie de figuras de cerámica precolombina y un Chapulín Colorado de madera. En el suelo también hay botellas y vasos rotos. Nada grave por cierto. Más allá, en el escritorio, me encuentro con una montaña de discos en el suelo. Me llama la atención el hecho de que la contracarátula del Walls & Bridges, en la que John Lennon aparece con su lengua afuera, quedó justo en la mitad y en lo más alto del desastre. Sonrío. En realidad me río porque Lennon me saca la lengua. Intento buscar una radio a pilas, de esas antiguas. No encuentro ninguna, pero sí la linterna. Enciendo la radio del celular. En la radio Bío Bío dicen que el terremoto superó los ocho grados. Vuelvo a asustarme. Ahora no estoy seguro si la conversación que tuve con mi madre la imaginé o si ocurrió realmente. Intento llamar nuevamente a la familia, pero me va mal. En la radio informan sobre dos muertos. Estoy seguro serán muchos más. Intento dormir. Mi hija también lo intenta, pero no puede. Cierro los ojos y pienso que tuvimos mucha suerte. Que en realidad no nos ha pasado nada. Lennon sigue ahí con su lengua.

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Despierto temprano, más temprano que de costumbre. Mi hija ya no tirita. Seguimos sin luz. Me entero que la familia está bien. Llamo a Gonzalo, mi compadre. Me dice que su parrón se vino abajo, al igual que la pandereta que separa su casa con la del vecino. También se le rompieron todos sus frascos de condimentos que guardaba en la cocina. “Huele a comida de la India”, cuenta, entre risas. ¿Cómo están los niños?, le pregunto. “Bien”, me dice. “Sólo que Maxito (su hijo de ocho años), no entendía nada y en medio del terremoto comenzó a gritar ¡paren, paren paren! Creía que alguien estaba golpeando las paredes de su pieza”, me cuenta Gonzalo. Salgo de la casa. Me encuentro con el vecino: “El Panchito, mi hijo chico, estaba en la disco anoche. Me dijo que tomó harto trago y que cuando comenzó a temblar, pensó que estaba borracho”. Nos reímos. El suministro eléctrico no ha llegado. Entonces, parto a la casa de los abuelos de mi hija. Llegamos rápido. Antes de saludar observo la televisión. A esa hora se contabilizan más de 100 muertos. La Presidenta Michelle Bachelet llama a la calma. Y el Presidente electo dice que “esta tragedia ha golpeado duro a los chilenos”. En la televisión informan que las zonas más afectadas son las regiones del Maule y Bío Bío. Ha habido una suerte de tsunami en lugares como Dichato, Tomé, Talcahuano, Pelluhue, Constitución e Iloca. Los testimonios no son diferentes a los de otros maremotos. “Vino la ola, arrancamos y lo perdimos todo”. Las imágenes muestran botes en plazas de armas y casas dentro del mar. Pero lo más dramático es la caída de un edificio de 15 pisos en Concepción. Hay muchos muertos. Más de 200 calculan las autoridades a esa hora. En Santiago también hay cortes en puentes y carreteras, y daños serios en algunos edificios emblemáticos como el Bellas Artes. En el archipiélago de Juan Fernández una ola de 15 metros dejó al pequeño poblado de San Juan Bautista destruido. Hay al menos seis muertos ahí. Apago el televisor. Alguien sugiere que por un rato dejemos de hablar del terremoto. Pero es imposible abstraerse. Es imposible hacer otra cosa.

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En la casa de los abuelos de mi hija hay una argentina y una peruana que vinieron a Chile a un seminario que se suspendió por el terremoto. Ahora son “refugiadas”, ya que el aeropuerto está cerrado. La argentina, de unos 50 años, comenta: “nunca viví algo así”. Cuando comenzó a temblar creyó que un tren había chocado con la casa. Después pensó que estaba soñando y finalmente, cuando intentó encender la luz, comenzó a comprender la dimensión del desastre. La peruana, más acostumbrada a los movimientos telúricos, no dice mucho, pero está igual de aterrada. Encendemos nuevamente el televisor y ahora las imágenes son aún más conmovedoras. Ya van más de 300 muertos. Logro abrir mi correo electrónico. Y es ahí cuando confirmo que el terremoto, de 8,8 grados en la escala de Richter, ha provocado un impacto tremendo. Me escriben amigos desde Lima, La Paz, Madrid, Bogotá, Londres, Buenos Aires, Ciudad de México, Bangkok y Yakarta. Están preocupados. Les respondo que por suerte nada nos ha pasado, pero que lamentablemente muchas personas están en una situación grave. Mi amiga de Indonesia, que sabe de tsunamis, me desea suerte y pide que me cuide. Ok. Salgo a dar una vuelta en auto. Ya es de noche. Las farmacias y bencineras están repletas y hay largas filas en los almacenes. No hay luz en los semáforos. Parte de Santiago está en penumbra, pero hay luna llena. “Volvió la UP (Unidad Popular)”, comenta alguien. Me río del chiste. Pero temo que al día siguiente aumente la paranoia al desabastecimiento. Habrá, seguramente, saqueos, balaceras y enfrentamientos con la policía. “¿El terremoto es un signo que marca el fin de la Concertación o lo que será Piñera?”, pregunta, irónico, mi copiloto. Nos volvemos a reír. Bachelet vuelve a pedir calma. Me duermo en un colchón improvisado. Pienso en quienes no pueden descansar.

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Domingo. El último día de febrero y el primero después del desastre. La Tercera titula: Terremoto y tsunami enlutan a Chile en el año del Bicentenario. Enciendo el televisor. Los canales muestran imágenes terribles. Especialmente grave es la situación en la costa del Maule y Bío Bío. Hay gente que arrancó a los cerros, pese a que tras el terremoto la Armada desestimó el riesgo de un tsunami. La temprana acción de Carabineros evitó muertes en algunos pueblos. El canal estatal, TVN, muestra imágenes de Iloca. Hasta ahí había llegado el circo de los Montini, cuya carpa se la tragó el mar. Sobrevivieron eso sí cuatro leones, pero no la rueda de Chicago ni el Tagadá. Hay dolor, destrucción y pánico en toda esa zona. Son miles los damnificados. Y los muertos alcanzan los 708 a esa hora. Miles también arrancan por los cerros de Valparaíso. Temen un tsunami. Pero es una falsa alarma. Un hombre de 52 años, identificado como Oscar Méndez, muere a raíz de un ataque cardíaco mientras corre cerro arriba. Y en la octava región comienzan los saqueos a supermercados. Los penquistas ingresan en masa al Santa Isabel y al Líder en el centro de Concepción. La mayoría arranca con productos de primera necesidad, pero otros se aprovechan de la situación y se roban televisores. La escena se repite en Santiago, en la comuna de Quilicura, cuyos habitantes dicen estar desesperados por la falta de agua. La policía intenta evitar la situación, pero se le va de las manos. Un periodista de TVN le pregunta a un saqueador penquista si lo que hace es robo, pillaje o necesidad. Necesidad, responde el tipo, “porque estamos muertos de hambre y no tenemos nada”. En eso el “Guanaco” comienza a vomitar agua contra los saqueadores/necesitados, y el periodista hace un contrapunto entre la escasez del “vital elemento” con el líquido utilizado por el carro lanza aguas. Bachelet hace una nueva cadena nacional por televisión y declara estado de excepción y catástrofe en la séptima y octava regiones. Piñera, por su parte, pide estado de sitio. Comienza a llover en el sur de Chile. Comienzan a salir los militares a las calles. La gente arranca y duerme en los cerros.

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Para distraerme un rato, llevo a mi hija a la plaza. Hay tres resbalines. Se tira en los tres. No hay ningún otro niño en el parque.
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ALEJANDRO TAPIA: Periodista y viajero incansable (aunque ahora dice que está agotado). Le fascina la fotografía y las historias que se contruyen en América Latina. Por el diario La Tercera ha cubierto diversos acontecimientos de la región y ha entrevistado a la mayoría de sus líderes. Ahora piensa en su primer libro de crónicas. Formó parte de la nunca bien recordada expedición K 12. Es autor de Haciendohora. Contacto en Twitter.
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  • Terremoto en Chile: entre caníbales
  • Terremoto en Chile: “Paz” y el pollo Pepe
  • Terremoto en Chile: con nombre y apellido
  • Viaje al epicentro del terremoto en Haití
  • Viaje a la cuna de Evo
  • Publicado en Historias Mínimas.

    6 comments

    6 Replies

    1. Buen y estremecedor relato. Me alegro de que no le haya pasado nada grave a tus cercanos.

      Un abrazo!

    2. Me he estremecido con tu relato. Yo también tengo una hija pequeña y tu post me ha servido para imaginarme a mi misma en tu situación e idear algún plan de evacuación. También soy periodista como tú, así que me siento doblemente identificada. Saludos

    3. Gracias pr los comentarios. Saludos. AT

    4. estoy debastado,
      un abrazo negro
      necesitaba un relato.

    5. Lorna Dostal Mar 2nd 2010

      La verdad es que lo mas angustiante es saber como estan los seres queridos sobretodo cuando estan lejos, el dolor que tengo es tremendo no puedo ver mas las imagenes en televison. Tanto sufrimiento de mi gente, gente que no pudieron sobrevivir no solo primero un terremoto pero un Tsunami.

      Por otro lado me da mucha impotencia al saber que muchos paises han querido ayudar la catastrofica miseria que esta viviendo nuestra gente en Chile. Quien sabe cuantas vidas se pudieran haber salvado si los rescates hubieran llegado a tiempo.

      Alejandro, me alegro que tu y familia esten bien me senti en el momento cuando lei tu relato.


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