Terremoto en Chile: entre caníbales
Por Alejandro Tapia C.

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Hay réplicas. Muchas réplicas por el terremoto. Son las 14.44. Un temblor de 5,9 grados sacude Concepción. La gente, que ya está lo suficientemente alterada, sale de sus casas, mientras los bomberos gritan: “¡Alerta de tsunami! ¡Alerta de tsunami! ¡Tienen 45 minutos para subir a los cerros”. Pero no hay tsunami, hay confusión, mensajes cruzados y llamadas desesperadas. Tal como ocurrió el día del terremoto, hay descoordinación entre la Armada, los bomberos, la Onemi y La Moneda. Lo grave es que ahora nadie le cree a nadie. Hay una crisis de autoridad. Una alerta abortada de tsunami, puede significar que el tsunami sí viene. Bachelet aparece en televisión, está al borde de las lágrimas y desmiente que el gobierno chileno haya rechazado la ayuda internacional horas después del megasismo. Quedan pocos días para el cambio de mando y la Presidenta luce agotada, casi destruida. El piñerismo, a su vez, anuncia que el futuro Presidente ha aplazado la venta de las acciones de Lan, porque no le conviene vender. En esa misma línea, “Paz” recupera un 11% de su caída en la Bolsa y Lorenzo Constans, titular de la Cámara Chilena de la Construcción, compara la Torre de Pisa con los edificios dañados por el sismo. Después se arrepiente de sus dichos.

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Jueves. Nos estamos volviendo locos. Un carro de bomberos viaja de La Serena a Concepción, pero en el trayecto se le cobra peaje. Se reporta un robo de la señalética que advierte sobre la carretera cortada en Vespucio Norte y dos autos caen al no ver las señales de advertencia. Se debate sobre cuántos centímetros giró el eje de la Tierra después del terremoto. Alguien dice en Twitter que “alumnos de construcción civil se cambian a derecho”. Mi nana me interrumpe para contarme que ayer fueron a revisar su edificio. Ella vive en un segundo piso y su departamento no resultó dañado. “Tiene que desalojar de inmediato su casa”, le dijo el funcionario. “Pero si no hay daños”, respondió mi nana. “Pero en el primer piso hay una falla estructural. Debe desalojar su vivienda”. Asustada, mi nana ya no sabe qué decir. “No se preocupe señora, si es una broma”, remata el inspector. Mi nana, sorprendida por el chiste de mal gusto, lo agarra a puteadas. “¡No puede hacer ese tipo de chistes. No estamos para bromas. Usted no me conoce. Váyase!”.
Me cuentan que Soledad Onetto, la periodista que anima el Festival de Viña y que ahora está en la zona afectada por el terremoto, se ha lamentado por no haber podido usar los vestidos que tenía para la última noche de festival. Me informan también que los habitantes de Hualañé, ciudad ubicada cerca de Curicó y que no tiene mar, arrancaron hacia los cerros asustados por un inminente tsunami que obviamente nunca llegó. Muchas de estas personas seguían durmiendo en los cerros, pese a que sus casas no se vieron afectadas por el terremoto. Claudio Alvarez, un supercomediante, cuenta en su blog la historia de un tipo que estaba “haciendo la maldad” al momento del terremoto. Cuando comenzó a temblar, el buen hombre tuvo que salir corriendo empelota con una mujer que no era la suya, desde una pieza que no era la suya, aunque sí estaba haciendo de las suyas. Tato, otro buen amigo, me cuenta que a la hora del terremoto estaba en una disco muy borracho. Cuando comenzó a temblar justo había ido al baño y se encontraba frente a un espejo, que se trizó. Entonces vio su imagen destruida y pensó: “No puedo estar tan curao”.
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Me convocan para formar una cuadrilla para ir en ayuda de los damnificados. Acepto. Hay que formar grupos de 10 personas para construir mediaguas. Pienso que con cuatro integrantes bastaría. La organización dice que la tarea puede llevar un día completo. Según mi humilde experiencia, ese tipo de viviendas se puede parar en mucho menos tiempo. Al rato me informan que las personas que están organizando la entrega de ayuda requieren que los voluntarios sean estudiantes. No cumplo los requisitos. Telefoneo a “Farrios”, un buen amigo, que me hace ver que hay desorganización hasta en la misma gente que se está organizando para ir a ayudar. “Si no vamos en una cuadrilla organizada, uno se convierte en un estorbo”, me dice. Se me quitan las ganas de ayudar. Quiero pasar un día completo con mi hija sin pensar en el terremoto. No quiero más temblores. Sigo con cargo de conciencia por haber comprado 12 botellas de agua de 600 ml. No me las he tomado. Tampoco mi hija, porque ya repusieron el agua potable. Quien sí quiere construir mediaguas es Alex Cavada, que está en Nueva Zelandia y apenas llegue tomará su mochila y se irá al sur. Lo que quiero es que mi hija pueda volver a su jardín, para ir a tomarme tranquilo un “terremoto” al Portón de Lata en Franklin. Por la televisión ahora dicen que las autoridades han cometido un nuevo error. Ahora no son 802 muertos, sino que 279. La nueva cifra, que es una muy buena noticia dada la magnitud de la catástrofe, está basada en los fallecidos con nombre y apellido. Al parecer han contado dos veces a los muertos.
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ALEJANDRO TAPIA: Periodista y viajero incansable (aunque ahora dice que está agotado). Le fascina la fotografía y las historias que se contruyen en América Latina. Por el diario La Tercera ha cubierto diversos acontecimientos de la región y ha entrevistado a la mayoría de sus líderes. Ahora piensa en su primer libro de crónicas. Formó parte de la nunca bien recordada expedición K 12. Es autor de Haciendohora. Contacto en Twitter.
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Etiquetas:Chile

Wow…me imagino que ante este tipo de catástrofes el titubear y equivocarse forma parte del estado de shock que queda un país…ahora bien, creo que llegó la hora de que nos preparemos bien para este tipo de cosas. Ya es bueno el trabajo que se ha hecho en los últimos años…en Europa no se cansan de repetir de que para lo fuerte que fue el terremoto + maremoto tendríamos que estar lamentando más muertos de los que tenemos. Lo más triste de todo esto ha sido sin lugar a dudas el tercer terremoto, el de los saqueos y de los aprovechadores insolidarios…robo, acopio, especulación…
El terremoto ha confirmado lo que a muchos no les gusta escuchar: somos del tercer mundo. Pero es nuestro tercer mundo, nuestra mierda.