La venganza del Papa

Por Eduardo Letelier
Casi desde cualquier lugar de Berlín se ve la Antena de la Televisión (o la gran cruz comunista). Y para llegar a la Alexander Platz tuve que cruzar la calle, y cruzar las calles en el centro de Berlín supone atravesar los rieles del Tram -como le dicen los berlineses-, o sea el tranvía. Como la vía dolorosa que tuvo que recorrer Jesús para llegar a su martirio, que a saber es; la cruz.
No es que yo fuera a ser martirizado en la plaza más importante de Berlín, pero caminaba hacia la cruz más grande, y casual, que ha hecho el hombre. Y no es que le digan la cruz comunista porque ahí murió la utopía, no. El martirio que puede vivir uno hoy en día no es sólo la muerte. Para un turista o un extranjero que siempre busca lo más barato, pagar por subir a la Antena -para tener una visión panorámica de Berlín- es siempre un problema: ¡es capitalismo salvaje!
Pensé en explicarles que yo era chileno, que esa plata me servía para comer dos días seguidos:
-¿Hay precios especiales para turistas tercer mundistas?
-¡Nein!
El alemán es siempre un idioma que suena a reto, no sé si siempre habrá sido así, o si es algo que nos inculcaron las películas de guerra.
-Yo vengo de Chile.
El alemán me sonrió como si no le importara, como si no entendiera lo que le quería decir, pero sí lo entendió:
-¿Y qué significa eso que tú dices, para mí?
Los alemanes siempre ocupan más palabras de las necesarias para decir una cosa.
-Que en Chile…
Pensé en decirles que nuestros políticos estudiaron acá, que Chile no les declaró la guerra, incluso que nosotros éramos los que habíamos recibido a Honecker, pero me di cuenta a tiempo que no era buena idea.
-… siempre queremos al amigo cuando es forastero.
El alemán rió de buena gana y me explicó (con muchas palabras) que a ellos también les gustaban los turistas. Me reí con ellos: esa frase suena graciosa hoy en día. Finalmente decidí seguir caminando hasta llegar a una calle desde donde poder fotografiar la Antena con perspectiva, y si la suerte me acompañaba, con algo de sol.
Según me habían contado, los alemanes orientales siempre quisieron jactarse del mundo que estaban construyendo: donde el hombre y su razón eran el único responsable de sus actos y el progreso su gran aliado. Nada de religiones, ni cosas espirituales. En honor a esta verdad, el Partido Comunista alemán decidió construir una gran antena que demostrara todo el modernismo que ellos podían alcanzar; debía ser el edificio más alto y más moderno que ningún hombre jamás haya visto en toda Alemania. El castillo del Kaiser era un edificio antiguo que ya habían destruido.
La antena consta en su parte superior de un mirador circular con espejos. Y dicen que cuando el sol apareció en Berlín, y a cierta altura, sus rayos se reflejaron en los espejos y éstos emanaron una luz que simulaba la parte horizontal de la cruz. Fue así como se formó la gran cruz comunista: ¡la venganza del Papa!
Esperé mucho rato junto a mi cámara, pero el sol nunca apareció en Berlín.
Me fui por la Karl–Liebknecht straβe hacia Occidente, y mientras caminaba por la ciudad pensé: ¿hay berlines en Berlín?
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EL AUTOR RECOMIENDA: Capitular al dinero y llevar efectivo. En la torre hay un restorán en el que se puede comer con una excelente vista panorámica y el piso gira en 380 grados. Pero si lo que se quiere o lo que se busca es alimentar el espíritu: genuflectarse y rezar un padre nuestro y un avemaría.
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EDUARDO LETELIER: Guionista y cuentista. Trabaja para la pantalla chica, pero dice que no ve televisión. Es autor de una novela que pronto verá la luz. Reside en Santiago, pero le gustaría vivir en Berlín o en cualquier lugar con música electrónica.
Etiquetas:Alemania, Alexander Platz, Berlín

