Encuentro con el Transiberiano
Por Ana de las Heras y David Rodríguez


Hay viajes que tienen algo especial, algo que va más allá de la simple suma de los lugares que vas a visitar. Viajes cuya sola mención hacen que un estremecimiento te recorra el cuerpo. El Transiberiano es uno de ellos.

Llevábamos 11 días recorriendo China sin mucha prisa. Habíamos empezado en Shanghai, ciudad absolutamente caótica y desbordante y acabado en Beijing, la fantástica capital que atesora algunos de los lugares que todos tenemos en la cabeza desde que nos pica el síndrome del viajero. Pero había llegado el momento de empezar el Transiberiano, de coger aquel tren mítico que después de atravesar toda Siberia y medio mundo nos dejaría en Moscú. Sólo de pensarlo, nos costó un poco más de lo normal coger el sueño aquella noche.
Llegamos a la estación de tren nerviosos, con media hora de adelanto y después de haber pasado por el supermercado el día antes para comprar comida suficiente para sobrevivir un mes en una isla desierta. Todos los turistas que andábamos por allí nos mirábamos unos a otros con disimulo, pero sin poder evitar dejar escapar alguna sonrisa como diciendo: “sí, yo también voy a hacer el Transiberiano”. Finalmente, y después de un rato que se nos hizo eterno subimos al tren por el procedimiento chino habitual.
Básicamente, funciona igual que los aeropuertos: llegas a la estación y te sientas en la sala de espera hasta que anuncian tu tren en los paneles. Entonces todo el mundo se levanta y forma una fila perfecta que sólo hay que seguir para que te lleven en volandas hasta tu tren.

En China hay dos tipos de billetes de tren: cama dura y cama blanda, pero no os dejéis engañar por el nombre. Cama dura es un compartimento con seis plazas que resulta muy cómodo y está impecablemente limpio. En cama blanda son sólo cuatro literas y resulta ideal para viajes largos, y éste ciertamente lo es. En China habíamos viajado en cama dura, pero en esta ocasión teníamos billetes de cama blanda con cuatro literas por compartimento y nuestra gran duda era saber con quién nos tacaría compartir viaje. La verdad es que la primera impresión no pudo ser peor: dos chicas mongolas con cuatro maletas más grandes que ellas que nada más llegar nos dijeron que tenían sueño y que querían dormir. Visto el plan las dejamos en el vagón y nos fuimos a conocer gente. Como todo el mundo había tenido la misma idea nos juntamos en los pasillos un tropel que traía de cabeza a los revisores, pero así pudimos conocer al grupo de españoles que viajaban con una organización y una preparación como no la han conocido ni en Suiza, todo lo contrario que nosotros, que siempre hemos viajado sin nada reservado, a la pareja de gringos que estudiaban en China y que planeaban ir a Cuba si Obama ganaba las elecciones y les daban el visado, al inglés que se había apuntado a un rally en Mongolia y al catalán que trabajaba en China como periodista y que iba a Mongolia a renovar su visado. Con este último, Joan, acabamos haciendo un tour en furgoneta por el país y buscando cervezas en mitad de la estepa mongola a las tantas de la mañana.

El paisaje fue cambiando poco a poco: de las montañas verdes en las primeras horas de la mañana fuimos pasando a un paisaje cada vez más llano y desértico. A media mañana llegamos a Datong, donde el tren se detuvo más de una hora, dándonos tiempo a bajar, conocer gente y sudar tinta para intentar mantener una conversación con los revisores. A lo largo de la tarde entramos en la provincia china de la Mongolia Interior, donde el paisaje ya era plenamente desértico. Ya no cambiaría hasta Ulan Bator. Hacia el final de la tarde llegamos a la frontera, donde nos sellaron los pasaportes y nos hicieron bajar mientras revisaban el tren. Hicimos tiempo comprando en un supermercado que hay en la misma estación y charlando con el inglés del rally, que nos dio la idea para el viaje del verano siguiente por el sudeste asiático. Finalmente, un par de horas después volvimos a subir para cruzar la frontera. Entonces ocurrió algo curioso: todos los soldados que habían estado revisando el tren se alinearon a lo largo del andén y se cuadraron mientras sonaba en los altavoces de la estación una marcha militar. Cuando llegamos a Shanghai y cogimos el Maglev, el tren magnético que une el aeropuerto con el centro a 400 km/h, también había soldados cuadrados en formación ante el tren. Cosas de China: recibidos y despedidos con honores militares.

La entrada en Mongolia fue mucho menos espectacular. Nos sellaron los pasaportes y nos dejaron seguir camino sin más trámite. Entre unas cosas y otras nos habían dado las dos de la mañana y habíamos madrugado mucho. Era hora de nuestra primera noche en el tren. Siempre me ha gustado dormir en el tren, porque con el traqueteo me quedo dormido en cuestión de minutos. Hacía algo de frío, así que agradecimos el haber llevado los sacos de dormir.
A la mañana siguiente el paisaje era exactamente igual que al acostarnos, pero al menos nuestras compañeras de viaje habían recuperado el sueño perdido y pudimos estar un rato hablando con ellas. Lo de hablar, por supuesto, es un decir, porque una vez que se acababan las cuatro palabras de inglés que chapurreaban la cosa se complicaba, aunque al final siempre se ha demostrado que comunicarse es sobre todo cuestión de ponerle intención.
Le hicimos una última visita al vagón-restaurante para desayunar. Para nuestra sorpresa lo habían cambiado en la frontera y la verdad es que habíamos ido a peor: no tenía aire acondicionado y los precios estaban en tugriks, la moneda mongola. Como sólo teníamos euros nos cobraron haciéndonos un cambio estupendo… para ellos, claro. En pocas palabras, nos cobraron casi el doble.


A las cuatro de la tarde, 34 horas después de salir de Beijing llegamos a Ulan-Bator. La primera sensación al bajar fue de mareo. Después descubriríamos que cuando el viaje se extendía más allá de 24 horas, al bajar teníamos la sensación de que el suelo se movía. Afortunadamente, esta especie de jet-lag ferroviario dura sólo un ratillo.
Ahora Mongolia nos esperaba.
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LOS AUTORES RECOMIENDAN: Hacer acopio de comida y bebida antes de subir al tren, aunque sólo sea para compartir con los compañeros de viaje y sobre todo no ser tímido a la hora de iniciar conversaciones con ellos aunque no se hable un sola palabra en común. En Ulan-Bator comer una pizza en Marco Polo donde unas camareras monísimas te atenderán gustosamente. Casi con toda seguridad, la mejor pizza del país.
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ANA DE LAS HERAS: Ingeniera, de Zamora (España) y desde hace ya unos cuantos años, con una adicción que son los viajes en sus múltiples formas y modalidades.
DAVID RODRIGEZ: Ingeniero, montañero y viajero, aunque no sabe en qué orden. Nacido y crecido en España descubrió muy joven la llamada del viaje y a ello se ha aplicado desde entonces. Ambos tienen un blog de viajes
Etiquetas:Beijing, Mongolia, Moscú, Siberia, Ulan-Bator

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