Día de furia en Camboya
Por Juan José Richards

La lectura sin tregua de 2666 durante los cuatro días que estuve en la isla de P.D. Quo, al sur de Vietnam, había desencadenado en mis noches una serie de perturbadoras pesadillas. Eso, sumado al hecho de que no quería dejar Vietnam todavía, me hicieron partir de mal humor una mañana despejada desde Saigón a Camboya. Dejé atrás la isla en la que me había recluido (preciosa, salvaje, remota, tropical, insolada, extraña, pobre, sucia e ínfima) para emprender rumbo a las ruinas de Angkor, al otro lado de la frontera, en el centro de Camboya.

Durante el vuelo me di cuenta que no llevaba foto de pasaporte para tramitar la visa “on arrival”. Cerré mi cuaderno y miré por la ventana las enormes pozas de agua turbia que cubrían las plantaciones durante la estación lluviosa del sudeste de Asia. Cerré los ojos y pensé en la isla que dejaba atrás. En el libro. En la parte de Amalfitano. En Amalfitano. El avión aterrizó en medio de un bosque cubierto de palmeras y explanadas verdes. Como todos los otros pasajeros, me bajé en silencio e hice la fila que llevaba de la loza a la aduana.
“No photo! Pay more, pay extra”, me dijo el primer guardia con el que hable. Ok, le dije y saqué los pocos dólares que llevaba en efectivo. Cuando calculé que no me alcanzaba ni para pagar el 10% de la visa, pregunté por un cajero automático (las personas en la fila se empezaron a asomar por encima de mis hombros). El tipo me señaló de mala gana un pasillo donde había un ATM. Welcome to Cambodia, ingrese su número secreto. El único cajero del aeropuerto no reconocía mi tarjeta. Error. Error. Transaction not successful. Empecé a transpirar helado. Piensa, piensa. ¡Solución!: tarjeta de crédito. Un guardia me tomó del brazo, me hizo dejar mi pasaporte como garantía y me ‘escoltó’ hacia una casa de cambio más allá de la aduana. Mis compañeros de vuelo me vieron avanzar a paso rápido pasando por alto todas las barreras de seguridad de mano de un tipo armado y desaparecer tras una puerta. Pasillo, puerta, pasillo. Casa de cambio.

“Sorry sir, you card is full”. Había olvidado pagar la tarjeta antes de salir de Vietnam. No tenía cupo. El guardia me llevó de vuelta donde los últimos pasajeros tramitaban su visa. Me miraron con algo que supuse que era lástima. Entre tres uniformados se pasaban mi pasaporte de mano en mano y lo miraban negando con la cabeza. Los pocos dólares que tenía habían desaparecido en los bolsillos de uno de ellos. Una mujer vestida de rojo, con sombrero y uñas rojas, algo mayor, seguramente norteamericana, comenzó a acercarse desde la fila. Pensé que iba a ofrecer pagar la visa ella, pero sólo quería escuchar de cerca lo que ocurría. La miré como miran los perros cuando desconfían de la gente. Traté de hacerme entender en ingles, pero los guardias me callaron con la mano mientras decidían qué hacer conmigo.
De pronto, como una iluminación antes de ser deportado o llevado quizás dónde, recordé el montón de billetes camboyanos que Nico, un amigo del colegio, me había dado antes de partir al viaje. A él nunca más se los cambiaron cuando dejó Camboya y los tenía guardados desde hace años. ¿Servirían? Sabía que estaban en algún lugar de la mochila. ¿Alcanzarían? Detuve la discusión de los guardias y les señalé la huincha mecánica donde daba vueltas mi mochila. Me “escoltaron” nuevamente hacia ella. Di vuelta su contenido en el piso del aeropuerto hasta que entre calzoncillos y libros aparecieron los billetes.

Los guardias no hablaron más. Miraron el fajo contenido en un elástico sobre el suelo brillante y uno de ellos lo levantó del suelo. Sus ojos y los de sus compañeros se quedaron fijos en el dinero. Y así fue como, sin preguntas, se llevaron todos mis reaps camboyanos delante de mis propios ojos. Una pequeña fortuna desparecida en manos de funcionarios camboyanos, que con un gesto afirmativo me dijeron ‘Ok, Noe yo ok.’. Y tramitaron una visa en ese mismo instante. Firma, timbre y calcomanía en menos de dos minutos. Ni siquiera se preocuparon porque no tenía foto.
Una vez en la calle, los taxistas me embistieron en masa. Era el último pasajero del avión, la ultima posibilidad de robo. Me preguntaron a qué hotel iba y cuando les dije el nombre del lugar se rieron en mi cara. Era el hotel que Nathan, un contador de Los Angeles, me había recomendado en Vietnam. “Your gonna be the only guest in that hotel. Very bad hotel. Very far away from the city.’ Les dije que tenía hecha la reserva y levantaron sus manos como diciendo has lo que quieras. Me hicieron pagarles el triple de lo que decía el ticket y uno de ellos pescó mi mochila y la arrojó en la maleta de un auto viejo de mala gana. Viajamos en silencio, sin aire acondicionado, atravesando Siem Reap. Vi pasar los hoteles de lujo que antecedían el comienzo de la ciudad, los jardines reales, los puentes, las tiendas, los carteles que anunciaban el centro de la ciudad y pronto, tras unos 20 minutos, estuvimos en la periferia.

El hotel era una mierda. Quedaba lejos, era oscuro y tenía un solo computador con una conexión a internet intermitente y lenta. El taxista me dejo ahí sin decir nada. Se fue veloz por la calle de tierra cubriéndolo todo de polvo. Entonces todo se cubrió de polvo. Pensé que Nathan, el contador cool de Los Angeles era una farsa. Que no se puede confiar en nadie. Que todo era mentira. Que todo era absurdo.
Después de tratar pésimo al recepcionista, de pescar mi mochila y salir a la calle, volver aun más enojado a entrar, salir y entrar de nuevo, estaba tan cansado que decidí simplemente, quedarme ahí. Me saqué las hawaianas, me tiré en la cama de la primera pieza que me ofrecieron, y lo odié todo. La pieza, el hotel, el taxi, el aeropuerto, Camboya, el viaje. A mí mismo. Cuando vi la primera araña moverse por una de las esquinas del baño, decidí salir a la calle. Saqué una de las bicicletas antiguas del hotel y pedaleé furioso. Apenas estuve a una cuadra de ahí, me di cuenta que el sonido de la calle era leve. Que todo se sucedía con cierta clama. Que nadie tocaba la bocina como en Vietnam. Que la gente era distinta. Más silenciosa, más tímida. Muchos andaban en bici, muy derechos sobre sus asientos. Otros caminaban hacia un mercado. En el mercado había puestos de fruta, basura y mucha gente negociando, entrando y saliendo. Luego pasé por fuera de algunos restaurantes carreteros. Algunas mujeres se asomaron desde sus puestos en la penumbra para verme pasar. Otras simplemente acarreaban a sus hijos de un lugar a otro. El leve velo del polvo lo cubría todo. Era una especie de filtro. Un hombre dormía en la tierra, velado. Un hombre tomaba una sopa sentado a la sombra, sin polera. Velado. Un hombre barría el piso. Velado. Vi como todo se sentía más antiguo, más sesentero, más precario que en Vietnam. Todo velado. Que los locales estaban llenos de camboyanos y no de turistas. Que había una luz bonita a esa hora de la tarde. Que la ciudad, o por lo menos su periferia tenía un encanto especial. Que después de todo estaba en maldita Camboya. Pedalee más suave. Menos enojado. Pronto alguna gente me sonreía en la calle. Otros solo me ignoraban.
Sin darme cuenta llegué a una pagoda, y al cabo de un rato estaba conversando con un profesor de ingles, mientras dos monjes se bañaban con un balde en el patio de atrás. Sus cuerpos brillaban con la luz del sol. Otro se enjabonaba a la sombra. Sin darme cuenta estaba llegando lentamente a Camboya y el mal rato inicial quedaba lejos. Sin darme cuenta estaba respirando otra vez y era capaz de calibrar el episodio de la llegada, que en un punto me hizo poner en jaque el viaje entero. Pero ahí estaba en ese banco junto a ese joven profesor conversando. Y aquí estoy ahora, escapando de la lluvia que barre coin el polvo que actúa como filtro en Camboya, recluido en un cybercafe mientras afuera he visto varias cosas lindas. Tantas que no sé por dónde empezar.
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JUAN JOSE RICHARDS: Tiene 28 años. Estudió diseño gráfico y licenciatura en estética. Trabaja como fotógrafo y escribe. Colaboró con revista Blank y revista Paula. Actualmente trabaja para el diario El Mercurio. El 2007 ganó una beca Escritores Emergentes del Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Recientemente editó la Antología de su abuelo Alfonso Echeverría, “El laberinto del topo” (Cuarto Propio,2008). Colabora con el blog de estilo Viste la Calle . Sube fotos diariamente a su flickr. Vive en Santiago.
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Etiquetas:Angkor, Camboya, Siem Reap
